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03 / 05 / 2014

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  Atravesé el muro con la misma facilidad con que se atraviesa una cortina de cuentas y entré en la estancia donde él escribía a la luz de un velón tembloroso. Hacía frío. En la penumbra pude distinguir una cama, tres sillas de cuero -de esas con tachuelas de bronce- y una mesa de madera. En una de las sillas se derramaba una capa raída y, en un ángulo de la mesa, un crucifijo tosco junto a algunos libros.

  Un silencio maravilloso lo llenaba todo, interrumpido nada más por el rasguear de la pluma sobre el papel y, a veces, por los rumores de la noche -el de un grillo, algunos ladridos lejanos, el borbotear de una fuente- que cercaban la estancia. Hacía frío. Mucho frío. No era el frío del invierno. Era el frío del fracaso, el frío de las ambiciones desatendidas. Colocándome detrás de él, leí por encima de sus hombros lo que estaba escribiendo en ese momento:

  "Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las promesas que su amo le había hecho."

  Su letra era pequeña y difícil.

  Me picó la curiosidad y me moví casi a tientas por la habitación. Una espada vieja y mohosa era el único ornamento que colgaba de las paredes desnudas. La quise examinar más de cerca y, al descolgarla, cayó al suelo produciendo un sonido estridente. Pero él ni siquiera levantó los ojos de las cuartillas. Al contrario, se pasó la mano por la barba y lo escuché reírse de algo que había escrito. Se reía abiertamente, con toda el alma, y nada me gustó más que esa alegría en medio tanta pobreza.  Estar alegre en medio de las dificultades es un signo de que se ama mucho y bien. Y antes de irme, me hubiera gustado decirle que eso, precisamente eso, es lo que más me gusta de ese libro que él estaba escribiendo.

 

Obra de Enric Ricart

 

 

 

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