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06/ 03/ 2014

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  Se apodera de él a veces una desgana, como una pesadumbre de vivir para nada, de desidia y fracaso de antemano, que le deja acoquinado y triste durante días. Es como un mordisco de la muerte. O como una alcantarilla por donde se le cayeran proyectos e ilusiones,  como se le caían  las canicas, las llaves, las monedas en esas otras alcantarillas de su niñez y que ya no había forma de recuperar. No sabe cómo, de pronto, se rompe el hilo que lo engarza a vosotros, los que no respiráis; y no sabe porqué lo que normalmente le hace sentirse ligero y libre -esa falta absoluta de previsión y ese vivir como las aves y los lirios del campo- lo aprieta como una maldición, poniéndole por delante un futuro incierto, negrísimo.

  Entonces, el viejo demonio se provecha y le sopla al oído. Le dice: ¿Para qué seguir? ¿Para qué intentar meter en una botella mensajes que no caben en ninguna botella? ¿Para qué arrojarlas después al mar si no llegan a ninguna parte? ¿Para qué? Y todo lo que hace y todo lo que vive le deja un regusto amargo, a platos sucios, a caída sin redención.

  Le gustaría algún día llegar conformarse para siempre con la inestabilidad de su alma y dejar de una vez de sostener en la mano esa calavera a la que le pregunta por todo. Por todo. Realizar ese sueño del niño: tumbarse en una de esas nubes blandas y esponjosas que ahora pasan sobre él y viajar apaciblemente en ellas, disponible, enamorado, lejos de él.

Obra de Joseph Sattler

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