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10 / 01/ 2014

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  La poesía que se hace hoy, en general, no está pensada para ser leída en voz alta y en público, porque casi siempre propone al lector un silencioso hablar consigo mismo, una meditación emocionada a la que atendemos con esos oídos del alma de los que escribía Santa Teresa.

  De entre los poetas que he podido escuchar son muy pocos los que consiguen adaptar esa voz interior que habla en sus poemas a la voz material suya: o suben hasta lo muy expresivo y declamatorio, o bajan hasta lo impersonal y desganado.

  Lo esencial en poesía no es, me parece a mí, ni las buenas metáforas como creyeron los surrealistas, ni las buenas ideas, ni la buena retórica, ni cualquier otra cosa, sino la relación que la emotividad y la imaginación del poeta establecen entre el ritmo del poema y su sentido.

  El ritmo es una forma de configurar el tiempo y, a diferencia de lo que ocurre en la música, en poesía ese ritmo tiene que guardar una relación íntima, estrechísima, con lo que el poema dice. Gracias a eso, las palabras, sin perder su sentido usual, adquieren otros sentidos y dicen más de lo que normalmente dicen. La relación entre ritmo y sentido es la que da coherencia e intensidad al poema, la que hace al poema.

  Los poetas que no lograban esta simbiosis entre sentido y ritmo eran -creo yo- a los que Juan Ramón calificaba de ingenieros del poema -Guillén, Salinas, etc. - y de los que Ramón Gaya decía que "no tenían verso".

  Probablemente si hay una razón para los recitales de poesía, de una poesía tan poco recitable como la poesía actual, esa razón tenga que ver con todo esto, con la posibilidad que esos actos ofrecen al poeta de señalar ese ritmo determinado y casi siempre sutil propio de cada poema. Un diapasón para que el lector interprete más tarde, a solas, con su violín de Ingres, la partitura que el poeta le propone.

 

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