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17 / 12 / 2013

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  Traídos de la mano de una amiga, han entrado en casa. Son sólo tres membrillos. Pero no sólo son tres membrillos. Basta fijarse un poco en cualquier cosa para sentir que todo es siempre más de lo que es.

  Estos membrillos, por ejemplo. Además de ser lo que son de una manera perfecta, -amarillos, sedosos, un tanto avejentados-, cuántas más cosas son.

  Los he puesto en una bandeja de metal, sobre la mesa, y han iluminado la cocina como si hubiera metido en ella una rebanada de sol. Entro por un vaso de agua o por unas tijeras y, cuando los veo, convierten mi casa, de pronto y casi sin darme cuenta, en la casa de mi abuela, y son mi abuela trajinando entre cacharros y poniéndolos a hervir. Son también todos los gratos mediodías de otoño  y son una huerta de la infancia, con sus jilgueros y su alberca, que es en mi cerebro el arquetipo de todas las huertas. Son los cajones perfumados de una cómoda antigua, y un cuadro de Zurbarán y una película de Víctor Erice.

  A veces la vida es como es, y nos pesa como una maldición, y nos aprisiona con su engranaje de condiciones y leyes inamovibles. Pero existen los puentes que nos tienden las cosas. Existen esas fragatas que navegan más lejos que cualquier mar.

 

Óleo de Zurbarán

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