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18 / 10 / 2013

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  Por estas fechas cumplía años Ramón Gaya y con ese motivo la Fundación que lleva su nombre suele hacerle un homenaje. En alguna ocasión, todavía con Ramón Gaya vivo, tuve la suerte de participar en uno de esos homenajes. Este año lo han celebrado, como otras veces, con cante flamenco y entre amigos.

  Qué grande Ramón Gaya. Y su grandeza, me parece a mí, no reside tanto en lo que dice -siendo tan importantes esas insistencias que dice- cómo desde dónde lo dice. 

  Como pintor nos ha dejado cuadros inolvidables, con mucha pintura hecha cuerpo, hecha carne: esos altares para el homenaje, esas ciudades bajo la lluvia, esos edificios traspasados de la luz más elocuente, esas copas medio llenas o llenas completamente de su silencio y vacío... 

   Como escritor creo que nadie mejor que él encarnó eso que se ha llamado la razón poética y que consiste a mi modo de ver en usar la razón de tal manera que nuestro razonamiento pueda abrirse a lo que llega de más allá de la razón. 

  Ramón Gaya, con sus dibujos y sus óleos, con sus ensayos y sus poemas nos señala un camino que quizás sea el único camino: el de la atención y la paciencia en soledad, el de la exigencia. Y nos enseña que la belleza del mundo (y sé que uso ahora una palabra sobre la que él tenía naturalmente sus prevenciones) no solo nos pide ser contemplada, sino algo más, que la belleza del mundo nos pide una respuesta y que esa respuesta solo puede ser la creación de más belleza.

 

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