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20 / 10 / 2013

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  El hombre guarda, metidos en el fondo de su pensamiento, bajo capas superpuestas de olvidos y culpas, experiencias milenarias, temores y emociones ancestrales que salen a la luz cuando menos se espera.

  El apego a la tierra donde uno nació -a sus tradiciones, a su lengua, a su folklore...- y la desconfianza hacia el extranjero son dos de esos atavismos que más frecuentemente nos incitan y enardecen. No tienen porqué ser perniciosos y a veces han dado frutos ingenuos y memorables. Sin embargo, su vindicación y aprovechamiento para la lucha política ha convertido esas dos inclinaciones en un monstruo que se pasea de vez en cuando por  la historia contemporánea dejando un rastro de ultrajes,  muerte y destrucción.

  ¿Qué otra cosa es el nacionalismo, esa protesta de los románticos contra el universalismo de la razón, que una mezcla de atavismo y política, de sentimentalismo  y codicia?

  Un monstruo que viene de lo inmemorial y se disfraza de memoria, de historia corrompida, se esconde en algunos rincones muy próximos del planeta.  ¿Se puede, como decían los griegos que hizo Edipo, espantar a ese monstruo con silogismos y argumentos racionales? O por el contrario, una vez que lo hemos despertado, ¿habrá que dejar inevitablemente que haga su ronda  y se sacie de sangre una vez más?

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