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28 / 05 / 2014

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  Internet no sólo es el espacio por donde viajan los mensajes más diversos. Es,  sobre todo, el centro que reduce todos los mensajes a un solo mensaje, y ese mensaje aún difícil de determinar y de enunciar es, desde el punto de vista de alguien que se ha educado en los últimos estertores de la vieja cultura humanista, algo más bien aterrador, porque tiene que ver con el comienzo de lo imprevisto y con la liquidación de una manera de convivir y relacionarnos con todo lo que nos rodea. Tiene que ver con que, al cabo, la única utopía que ha tenido éxito ha sido la utopía tecnológica, la revolución del Capital, que ha implantado en casi todo el mundo ese nihilismo hedonista, esa democracia voraz, sin fundamentos, imprescindible para que funcione el sistema de producción y consumo de lo superfluo.

  La varita mágica de los mitos, de las plegarias, de la poesía, la hemos convertido en una sofisticada caña de pescar y, con ella en las manos, vamos agotando el mar que nos alimenta, el mar que deshonramos.

  Renunciar hoy a las ventajas tecnológicas para oponerse a ese sistema convierte a quienes lo intentan en seres marginales, exóticos, casi inexistentes. Por otro lado, aprovecharse de ellas para minar el sistema desde dentro es una salida abocada irremediablemente a la impostura y al fracaso.

  Y en eso estamos, confundidos y acomodados, sin saber cómo resistir a la alegre autodestrucción general, qué hacer, qué no hacer.

 

Obra de Adolf Hoffmeister

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