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3 / 01 / 2014

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  Las traducciones de poesía son sólo aproximaciones, más o menos afortunadas, de un original inalcanzable. En ellas se pierden inevitablemente ciertas alusiones, ciertos supuestos y referencias. Y sobre todo, se pierde esa tensión, esa palpitación original de lo que ha salido del idioma de alguien que canta y habla a los hablan y cantan en su mismo idioma.

  Dice una poeta israelí, Bar Yosef, que el poema se ofende cuando lo traducen. Y tiene razón y no la tiene. Porque al poema también le agrada que lo exploren los extraños, los trotamundos que no habitan la lengua en que se expresa.

  Hoy llovía sin interrupción por todo el suroeste de la península, llovía sobre la uralita y sobre los patios abandonados y llovía oblicuamente contra las últimas ventanas encendidas de la ciudad. Me pareció que no era el mejor momento para dar un paseo. Así que decidí tomar otra ruta y pasar la mañana en Grecia, explorando y ofendiendo este pasaje de la Antígona de Sófocles:

 

Hay en el mundo muchas cosas dignas

de asombro para un hombre.

Pero quizás ninguna tanto 

                                                 como el hombre.

 

Con la ayuda del viento, sobre rugientes olas

que en torno suyo braman y se encrespan,

navega el hombre hasta confín del mar.

Y a la más poderosa de todas las deidades,

a la imperecedera y dura Tierra,

él la somete con arado y mula.

 

A las aves esquivas las captura con lazo.

A las fieras del monte las domeña,

y a todas las criaturas del océano

las atrapa con redes que compone hábilmente.

 

Además, el lenguaje,

la educación y el pensamiento alado

se ha enseñado a sí mismo.

Y hasta supo esquivar con gran destreza

los rigores del frío, los dardos de la lluvia.

 

Nada de lo que venga podrá exceder al hombre:

siempre encuentra recursos para todo.

 

Tan sólo de la muerte no tendrá escapatoria.

 

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