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3 / 12 / 2013

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  En alguna parte Kierkegaard distingue dos tipos de silencio, ambos antagónicos. El primero es el silencio que guarda, que conserva la palabra y la vela. El segundo es un silencio que trata de escapar de la palabra y procura perderla y anularla. Y concluye "solo un hombre que sabe callar esencialmente, sabe hablar esencialmente".

  El silencio puede ser un aliado de la mentira y del mal. Y el silencio puede ser también esa nada en la que, como sabía san Juan de la Cruz, hay que entrar humildemente porque sólo en ella Dios nos encuentra.

  Pues sobre ese asunto, tan espinoso e inalcanzable,  el del silencio, han publicado recientemente Antonio Moreno y Josep Maria Asencio una antología en la que encontramos todo tipo de silencios y también algunos poemas que nos dejan en silencio. Este de Vicente Gallego por ejemplo:

 

QUIEN LA ENCUENTRE

 

                                             A David Pareja

 

Se hizo sin pensar:

me vi partiendo, al borde del camino,

la rama del hinojo.

Sabía de su anís, de su olor viejo,

y todo lo ignoraba de esa mantis

vegetal de amarillas floraciones

más allá de su nombre y de su efluvio.

Y fue al llevarme el corte verde al rostro

para aspirar la idea que tenía

de su aroma de antaño,

cuando perdí la cara a lo aprendido.

 

¿Qué era entonces el mundo, este lugar

del que puede borrarnos

la fragancia violenta de un hinojo

al metérsenos dentro y así abrirnos?

 

Un trago a lo real di en un descuido

y los montes se irguieron como montes;

el cielo se hizo cielo; el hombre un ver

libre ya de su sombra bajo el sol.

 

¿Es que puede una planta

al borde del camino darle muerte,

sin quitarle la vida,

a un desprevenido

que nada pretendía sino olerla?

 

Quien la encuentre, que parta

la rama de su hinojo.

 

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