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Blog de Jose Mateos

20/07/2014

 

  Qué gusto a veces contradecir nuestra costumbres y nuestras conclusiones durante un tiempo. Qué gusto tomarse unas breves vacaciones de sí mismo y hacer novillos como en uno de esos días de primavera en que los que el mar invita a saltarnos lo horarios y a tumbarnos al sol.

  Desobedecernos un poco para evitar la rigidez y la obstinación del dogmático.

  Algún amigo me lo ha reprochado con razón: "pero tú no decías que internet, que  los blogs, que el facebook suponían un retroceso.  ¿Y ahora qué?

  Durante un año he fatigado el ordenador con estos apuntes para probar las ventajas e inconvenientes de estas nuevas herramientas que carga el diablo. Para sentirme acompañado. Para sentirme leído.

  Y quiero dar las gracias a los que habéis seguido estas notas. De verdad:  por compartirlas, por vuestros comentarios, por vuestros "me gustas". Y nada más. O nada menos: gracias.

  Me retiro de esta ventana que a veces me proporcionó imágenes increíbles, que me tuvo pendiente de muchas trayectorias,  confesiones y fantasmagorías. Ya me aburrí. Y, aunque mereció la pena, es hora de volver al papel y a las palabras sin eco.  Salud y nos vemos en los libros.

 

05 / 06 / 2014

 

  La verdad no puede ser una idea, ni una afirmación, ni una teoría cualquiera, sino una relación, una presencia que vincula. Algo frágil, delicado, finísimo, que enhebra seres y cosas, vivos y muertos, y que antes de que aparezca es presentido por todo lo que existe y que, cuando se ha ido, todo lo que existe lo recuerda.

  Como una tonalidad. La siento en el encuentro con algunas personas; la siento en una manera inasequible de cantar, de torear y hasta de jugar al tenis; o al leer apenas un poema o unas pocas frases de un libro. Se trata de algo que llega de inmediato al corazón. Y basta ese primer contacto para saber que la verdad se encuentra ahí.

 

Obra de Hayv Kahraman

28 / 05 / 2014

 

  Internet no sólo es el espacio por donde viajan los mensajes más diversos. Es,  sobre todo, el centro que reduce todos los mensajes a un solo mensaje, y ese mensaje aún difícil de determinar y de enunciar es, desde el punto de vista de alguien que se ha educado en los últimos estertores de la vieja cultura humanista, algo más bien aterrador, porque tiene que ver con el comienzo de lo imprevisto y con la liquidación de una manera de convivir y relacionarnos con todo lo que nos rodea. Tiene que ver con que, al cabo, la única utopía que ha tenido éxito ha sido la utopía tecnológica, la revolución del Capital, que ha implantado en casi todo el mundo ese nihilismo hedonista, esa democracia voraz, sin fundamentos, imprescindible para que funcione el sistema de producción y consumo de lo superfluo.

  La varita mágica de los mitos, de las plegarias, de la poesía, la hemos convertido en una sofisticada caña de pescar y, con ella en las manos, vamos agotando el mar que nos alimenta, el mar que deshonramos.

  Renunciar hoy a las ventajas tecnológicas para oponerse a ese sistema convierte a quienes lo intentan en seres marginales, exóticos, casi inexistentes. Por otro lado, aprovecharse de ellas para minar el sistema desde dentro es una salida abocada irremediablemente a la impostura y al fracaso.

  Y en eso estamos, confundidos y acomodados, sin saber cómo resistir a la alegre autodestrucción general, qué hacer, qué no hacer.

 

Obra de Adolf Hoffmeister

24 / 05 / 2014

 

 Que seamos seres en los que la vida puede tomarse el pulso a sí misma, tiene que querer decir algo.

 

Obra de Elena Goñi

03 / 05 / 2014

 

  Atravesé el muro con la misma facilidad con que se atraviesa una cortina de cuentas y entré en la estancia donde él escribía a la luz de un velón tembloroso. Hacía frío. En la penumbra pude distinguir una cama, tres sillas de cuero -de esas con tachuelas de bronce- y una mesa de madera. En una de las sillas se derramaba una capa raída y, en un ángulo de la mesa, un crucifijo tosco junto a algunos libros.

  Un silencio maravilloso lo llenaba todo, interrumpido nada más por el rasguear de la pluma sobre el papel y, a veces, por los rumores de la noche -el de un grillo, algunos ladridos lejanos, el borbotear de una fuente- que cercaban la estancia. Hacía frío. Mucho frío. No era el frío del invierno. Era el frío del fracaso, el frío de las ambiciones desatendidas. Colocándome detrás de él, leí por encima de sus hombros lo que estaba escribiendo en ese momento:

  "Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las promesas que su amo le había hecho."

  Su letra era pequeña y difícil.

  Me picó la curiosidad y me moví casi a tientas por la habitación. Una espada vieja y mohosa era el único ornamento que colgaba de las paredes desnudas. La quise examinar más de cerca y, al descolgarla, cayó al suelo produciendo un sonido estridente. Pero él ni siquiera levantó los ojos de las cuartillas. Al contrario, se pasó la mano por la barba y lo escuché reírse de algo que había escrito. Se reía abiertamente, con toda el alma, y nada me gustó más que esa alegría en medio tanta pobreza.  Estar alegre en medio de las dificultades es un signo de que se ama mucho y bien. Y antes de irme, me hubiera gustado decirle que eso, precisamente eso, es lo que más me gusta de ese libro que él estaba escribiendo.

 

Obra de Enric Ricart

 

 

 

06/ 03/ 2014

  Se apodera de él a veces una desgana, como una pesadumbre de vivir para nada, de desidia y fracaso de antemano, que le deja acoquinado y triste durante días. Es como un mordisco de la muerte. O como una alcantarilla por donde se le cayeran proyectos e ilusiones,  como se le caían  las canicas, las llaves, las monedas en esas otras alcantarillas de su niñez y que ya no había forma de recuperar. No sabe cómo, de pronto, se rompe el hilo que lo engarza a vosotros, los que no respiráis; y no sabe porqué lo que normalmente le hace sentirse ligero y libre -esa falta absoluta de previsión y ese vivir como las aves y los lirios del campo- lo aprieta como una maldición, poniéndole por delante un futuro incierto, negrísimo.

  Entonces, el viejo demonio se provecha y le sopla al oído. Le dice: ¿Para qué seguir? ¿Para qué intentar meter en una botella mensajes que no caben en ninguna botella? ¿Para qué arrojarlas después al mar si no llegan a ninguna parte? ¿Para qué? Y todo lo que hace y todo lo que vive le deja un regusto amargo, a platos sucios, a caída sin redención.

  Le gustaría algún día llegar conformarse para siempre con la inestabilidad de su alma y dejar de una vez de sostener en la mano esa calavera a la que le pregunta por todo. Por todo. Realizar ese sueño del niño: tumbarse en una de esas nubes blandas y esponjosas que ahora pasan sobre él y viajar apaciblemente en ellas, disponible, enamorado, lejos de él.

Obra de Joseph Sattler

25 / 02 / 2014

  Una de las principales y más profundas enseñanzas de la poesía es probablemente anterior a la poesía. Se trata de un conocimiento antiquísimo que hunde sus raíces en lo religioso y lo mágico. Consiste en saber que ninguna cosa de este mundo es nada más que eso que es, que todas las cosas son muchas otras cosas… en muchos sentidos. Y eso que enseña la poesía es, en buena medida, lo que la hace posible.

  Estos árboles que veo desde mi ventana son, además de árboles, himnos erguidos; esos pájaros son también la exuberante orquesta del cielo; y esas nubes pueden ser plácidas montañas o catedrales de nieve.

  Y la poesía, una manera de sentirse rico siendo muy pobre.

 

Obra de Denis Dubois

 

20 / 02 / 2014

  La gravedad y la gracia de Simone Weil, Ideología de Juan Ramón, Voces de Antonio Porchia. Si alguna vez yo dejara olvidadas entre las páginas de algunos de estos libros unas cuantas semillas, estoy seguro que de ahí saldría, al cabo de un tiempo, todo un bosque.

 

16/01/2014

  La alegría de ayer me la trajo este libro que han elaborado Andrés Trapiello y Alfonso Meléndez. Su portada y todo lo que se refiere a su diseño y maquetación me parecen un prodigio de delicadeza, ingenio y buen gusto.

  Se titula Silencios escogidos y es, por tanto, un libro con vocación de silencio en el que este autor se empeña -una vez más- en buscar palabras más profundas que el silencio. Lo publica la editorial Comares, dentro de la colección La Veleta.

  Como botón de muestra, dejo aquí algunas de las divinanzas que contiene:

 

  Entre el hombre y las estrellas hay demasiadas ideas de distancia.

  *

  Cuando la flor se marchita, entonces se desprende de ese exceso de belleza que la afea.

  *

  Menos el hombre, todas las cosas han aprendido a hablar ocultando que hablan.

  *

  Es lo que me exigen las musas: que apague la luz para que se encienda la oscuridad.

 

10 / 01/ 2014

  La poesía que se hace hoy, en general, no está pensada para ser leída en voz alta y en público, porque casi siempre propone al lector un silencioso hablar consigo mismo, una meditación emocionada a la que atendemos con esos oídos del alma de los que escribía Santa Teresa.

  De entre los poetas que he podido escuchar son muy pocos los que consiguen adaptar esa voz interior que habla en sus poemas a la voz material suya: o suben hasta lo muy expresivo y declamatorio, o bajan hasta lo impersonal y desganado.

  Lo esencial en poesía no es, me parece a mí, ni las buenas metáforas como creyeron los surrealistas, ni las buenas ideas, ni la buena retórica, ni cualquier otra cosa, sino la relación que la emotividad y la imaginación del poeta establecen entre el ritmo del poema y su sentido.

  El ritmo es una forma de configurar el tiempo y, a diferencia de lo que ocurre en la música, en poesía ese ritmo tiene que guardar una relación íntima, estrechísima, con lo que el poema dice. Gracias a eso, las palabras, sin perder su sentido usual, adquieren otros sentidos y dicen más de lo que normalmente dicen. La relación entre ritmo y sentido es la que da coherencia e intensidad al poema, la que hace al poema.

  Los poetas que no lograban esta simbiosis entre sentido y ritmo eran -creo yo- a los que Juan Ramón calificaba de ingenieros del poema -Guillén, Salinas, etc. - y de los que Ramón Gaya decía que "no tenían verso".

  Probablemente si hay una razón para los recitales de poesía, de una poesía tan poco recitable como la poesía actual, esa razón tenga que ver con todo esto, con la posibilidad que esos actos ofrecen al poeta de señalar ese ritmo determinado y casi siempre sutil propio de cada poema. Un diapasón para que el lector interprete más tarde, a solas, con su violín de Ingres, la partitura que el poeta le propone.

 

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