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Blog de Jose Mateos

3 / 01 / 2014

  Las traducciones de poesía son sólo aproximaciones, más o menos afortunadas, de un original inalcanzable. En ellas se pierden inevitablemente ciertas alusiones, ciertos supuestos y referencias. Y sobre todo, se pierde esa tensión, esa palpitación original de lo que ha salido del idioma de alguien que canta y habla a los hablan y cantan en su mismo idioma.

  Dice una poeta israelí, Bar Yosef, que el poema se ofende cuando lo traducen. Y tiene razón y no la tiene. Porque al poema también le agrada que lo exploren los extraños, los trotamundos que no habitan la lengua en que se expresa.

  Hoy llovía sin interrupción por todo el suroeste de la península, llovía sobre la uralita y sobre los patios abandonados y llovía oblicuamente contra las últimas ventanas encendidas de la ciudad. Me pareció que no era el mejor momento para dar un paseo. Así que decidí tomar otra ruta y pasar la mañana en Grecia, explorando y ofendiendo este pasaje de la Antígona de Sófocles:

 

Hay en el mundo muchas cosas dignas

de asombro para un hombre.

Pero quizás ninguna tanto 

                                                 como el hombre.

 

Con la ayuda del viento, sobre rugientes olas

que en torno suyo braman y se encrespan,

navega el hombre hasta confín del mar.

Y a la más poderosa de todas las deidades,

a la imperecedera y dura Tierra,

él la somete con arado y mula.

 

A las aves esquivas las captura con lazo.

A las fieras del monte las domeña,

y a todas las criaturas del océano

las atrapa con redes que compone hábilmente.

 

Además, el lenguaje,

la educación y el pensamiento alado

se ha enseñado a sí mismo.

Y hasta supo esquivar con gran destreza

los rigores del frío, los dardos de la lluvia.

 

Nada de lo que venga podrá exceder al hombre:

siempre encuentra recursos para todo.

 

Tan sólo de la muerte no tendrá escapatoria.

 

27 / 12 / 2013

  La publicidad sabe que todo lo que en el fondo mueve a los hombres -el éxito, la admiración de los otros, la atracción sexual, la juventud, el conocimiento, etc.- está más allá del dinero, no se puede comprar. Pero al mismo tiempo, la publicidad sabe que sí se pueden comprar cosas, cosas que produzcan en nosotros el espejismo de poseer eso que deseamos sobre todas las cosas. Cuando al cabo de muy poco tiempo el hechizo de las cosas se rompe siempre habrá otras cosas que produzcan ese espejismo de nuevo.

  Por eso, lo que compramos cuando compramos una determinada colonia o tal marca de vaqueros, es siempre, en realidad, más deseo de comprar, y el placer que experimentamos al hacerlo no reside en poseer por fin esa colonia o esos vaqueros sino en comprarlos. En soñar por un rato, por un día o una semana, que vamos a sentir eso que la publicidad ha asociado hábilmente con ese producto: reconocimiento, autoestima, amor, lo que sea. Compramos siempre, en último término, una posibilidad de renovación, de cambio mientras cambiamos y renovamos repetidamente las cosas que nos la despiertan.

  En este sentido los mecanismos del libre mercado quieren lo mismo que los grandes aguafiestas de la antigüedad, quiere que no sintamos apego por nada de este mundo, que renunciemos al amor por las cosas, que es amor por todo lo que las cosas guardan: el rostro del que las hizo, las manos del que las usó y los recuerdos, los sentimientos y las experiencias acumuladas en ellas. Pero a diferencia de aquellos viejos cascarrabias, la publicidad  nos incita a ese desinterés por las cosas no para que seamos más libres y felices, sino para que podamos desear lo que aún no tenemos y sustituirlo después, sin ningún  problema, por lo siguiente que tendremos.

 

19 / 12 / 2013

  Hemos acogido el nuevo invento con una alegría irresponsable porque las ventajas y las posibilidades que trae son inmensas, increíbles. ¿Pero no deberíamos ser más precavidos, estar en guardia siempre contra los peligros que entraña?

  Gracias a internet los que velan por nuestra seguridad y por sus cuentas corrientes, las grandes multinacionales y los grandes organismos, pueden conseguir nuestra sumisión, no ya como señalaba Hobbes por medio del temor y el castigo, sino por medio de la promesa de mayores libertades. 

  Con internet, además, el sueño de la democracia total se va haciendo realidad, para alegría de muchos y temor de unos pocos. Todo el mundo tiene acceso a la información, a la expresión libre y a el entretenimiento. No hay límites ni jerarquías. No hay autoridad. No hay fronteras. Apenas hay leyes. Pero, como vienen a demostrar los casos de Snowden o de wikileaks, todo este festín de la igualdad y la libertad tiene una contrapartida: nuestra vida y todo lo que decimos, incluso sin saber lo que decimos, puede pasar a ser propiedad del Gran Hermano de Orwell.

  Google, watsapp o facebook, que estoy utilizando ahora mismo, son un ejemplo de lo que digo. A cambio de la comunicación universal y la información gratuita les entrego voluntariamente toda mi intimidad, mis secretos y mis deseos más ocultos cuando los utilizo para asomarme a tal página o cuando compro esto o aquello. De ese modo, sin darme cuenta, me incorporan a una base de datos descomunal que me convierte en alguien con una alta probabilidad de ser manipulado según sus intereses, y cada vez más dependiente de la técnica que ellos controlan.

  ¿Sabemos, en realidad, lo que hacemos cuando nos conectamos, cuando tecleamos nuestra vida en un correo electrónico, cuando introducimos nuestros datos en cualquier página web? ¿Somos conscientes del poder que estamos entregando -no sabemos a quiénes- cuando elegimos internet como guardián de nuestra memoria personal y colectiva? ¿Somos conscientes de todo aquello que abandonamos cuando en los colegios e institutos proponemos internet como principal medio de información, de expresión, de conocimiento?¿Podemos prescindir ya de las ventajas que nos proporciona esta gran herramienta fascinante? ¿ Nos libera internet de todos los amos a cambio de convertirse en el único amo?

 

17 / 12 / 2013

  Traídos de la mano de una amiga, han entrado en casa. Son sólo tres membrillos. Pero no sólo son tres membrillos. Basta fijarse un poco en cualquier cosa para sentir que todo es siempre más de lo que es.

  Estos membrillos, por ejemplo. Además de ser lo que son de una manera perfecta, -amarillos, sedosos, un tanto avejentados-, cuántas más cosas son.

  Los he puesto en una bandeja de metal, sobre la mesa, y han iluminado la cocina como si hubiera metido en ella una rebanada de sol. Entro por un vaso de agua o por unas tijeras y, cuando los veo, convierten mi casa, de pronto y casi sin darme cuenta, en la casa de mi abuela, y son mi abuela trajinando entre cacharros y poniéndolos a hervir. Son también todos los gratos mediodías de otoño  y son una huerta de la infancia, con sus jilgueros y su alberca, que es en mi cerebro el arquetipo de todas las huertas. Son los cajones perfumados de una cómoda antigua, y un cuadro de Zurbarán y una película de Víctor Erice.

  A veces la vida es como es, y nos pesa como una maldición, y nos aprisiona con su engranaje de condiciones y leyes inamovibles. Pero existen los puentes que nos tienden las cosas. Existen esas fragatas que navegan más lejos que cualquier mar.

 

Óleo de Zurbarán

3 / 12 / 2013

  En alguna parte Kierkegaard distingue dos tipos de silencio, ambos antagónicos. El primero es el silencio que guarda, que conserva la palabra y la vela. El segundo es un silencio que trata de escapar de la palabra y procura perderla y anularla. Y concluye "solo un hombre que sabe callar esencialmente, sabe hablar esencialmente".

  El silencio puede ser un aliado de la mentira y del mal. Y el silencio puede ser también esa nada en la que, como sabía san Juan de la Cruz, hay que entrar humildemente porque sólo en ella Dios nos encuentra.

  Pues sobre ese asunto, tan espinoso e inalcanzable,  el del silencio, han publicado recientemente Antonio Moreno y Josep Maria Asencio una antología en la que encontramos todo tipo de silencios y también algunos poemas que nos dejan en silencio. Este de Vicente Gallego por ejemplo:

 

QUIEN LA ENCUENTRE

 

                                             A David Pareja

 

Se hizo sin pensar:

me vi partiendo, al borde del camino,

la rama del hinojo.

Sabía de su anís, de su olor viejo,

y todo lo ignoraba de esa mantis

vegetal de amarillas floraciones

más allá de su nombre y de su efluvio.

Y fue al llevarme el corte verde al rostro

para aspirar la idea que tenía

de su aroma de antaño,

cuando perdí la cara a lo aprendido.

 

¿Qué era entonces el mundo, este lugar

del que puede borrarnos

la fragancia violenta de un hinojo

al metérsenos dentro y así abrirnos?

 

Un trago a lo real di en un descuido

y los montes se irguieron como montes;

el cielo se hizo cielo; el hombre un ver

libre ya de su sombra bajo el sol.

 

¿Es que puede una planta

al borde del camino darle muerte,

sin quitarle la vida,

a un desprevenido

que nada pretendía sino olerla?

 

Quien la encuentre, que parta

la rama de su hinojo.

 

27 / 11 / 2013

  La poesía actual -ya se sabe- la leen cuatro gatos y a veces a esos cuatro gatos les gusta unas cosas muy raras, una poesía muy rara, por razones que tienen que ver muy poco con la poesía. Así que los poetas vamos a tener que hacer como aquel santo del que cuenta Eça de Queirós  que cuando la gente rehusaba atender sus  pláticas se iba frente al mar y les predicaba a los peces que se asomaban a escucharle.

  Mañana, jueves 28  de noviembre, presentamos Amalia Bautista y yo mi libro "Cantos de vida y vuelta" en Madrid, en la Librería Rafael Alberti, y a falta de un mar cercano y de peces, habrá allí en las estanterías libros, muchos libros que creo que no les importará escuchar a alguien que tanto los ha escuchado.

  Es a las 19:30 y el que quiera acercarse podrá escuchar con los oídos lo que normalmente se escucha con los ojos.

 

6 / 11 / 2013

  "Os Eidos" es para mí uno de los grandes libros de poesía escritos en España en el pasado siglo. Y sin embargo, fuera del ámbito gallego no he leído nada, ni he oído a nadie hablar de él con ese entusiasmo que se otorga tan fácilmente a tanto verso de escayola y cartón piedra.

  A la poesía de Novoneyra llegué por casualidad, como otras veces, hojeando  "Os eidos" en un librería. Y qué descubrimiento. Todo lo que hay en ese libro parece muy poca cosa y… es tanto. Se trata de esa poesía sencilla, casi apuntada apenas, que quizás sólo se pueda apreciar cuando se lleva ya mucha poesía leída a las espaldas y se está un poco harto.

  Novoneyra es uno de eso poetas que escriben con lo mínimo, mojando la pluma en el tintero del silencio. Escribe una palabra y parece -no sabemos cómo y porqué milagro- que la inaugurara. A veces le basta con uno o dos versos. Para qué más. Cuando lo leo, tengo la sensación, no sé, de que siempre que se siente arrebatado por la belleza del mundo, su legua se acordara de Dios, que quisiera nombrarlo, y cómo no sabe su nombre, se conformara con nombrar lo que ve: las ráfagas de lluvia, las barbas de los líquenes, los ríos crecidos, los arándanos, los brezos... Por eso todo lo que nombra está como empapado de misterio y melancolía.

  Dejo aquí dos  muestras con la versión de Elva Rey publicadas por Ediciones Árdora:

 

 ESTA tarde o aire é meu amigo.

Voume sumindo sumindo.

Si o aire quer

chegarein a non ser ninguén.

 

(ESTA tarde el aire es mi amigo.

Voy sumiéndome, sumiéndome.

Si el aire quiere

llegaré a no ser nadie.)

 

O:

 

 PASAN pasan as nebras…

Eu sinto que me deixan e me levan…

…………..

Este door que aguarda só que a acendan!

Ise algo meu qu en todo se me queda!

 

(PASAN pasan las nieblas…

Yo siento que me dejan y me llevan…

…………….

¡Este dolor que sólo aguarda ser encendido!

¡Es algo mío que en todo se me queda!)

 

23 / 10 / 2013

  La economía tiene un margen de error tan amplio que denominarla ciencia debe de haber sido la ocurrencia de un chalado de aupa. No hace falta ser un experto en la materia, creo yo, para darse cuenta de que el campo de las relaciones económicas es tan vasto y tan poblado, tan sutil, que nadie puede saber nunca con exactitud los efectos de la decisión que toma. Un economista que asegura resultados es tan parecido a un charlatán de feria como un huevo a otro huevo.

  Todo lo que hacen nuestros gerentes económicos es apostar -apostar con los sueldos,  los ahorros, las pensiones de los ciudadanos…- en el Gran Casino del Mundo. Que salga blanca o negra depende algo, sin duda, de su astucia y su inteligencia, pero sobre todo del capricho de una bolita que se desliza por una ruleta descomunal.

  Para Eurípides, Ananke, la diosa Fortuna de nuestros clásicos, es la única diosa que no tiene altares ni imágenes a los que acudir, y es sorda a los sacrificios.

 

 

 

20 / 10 / 2013

  El hombre guarda, metidos en el fondo de su pensamiento, bajo capas superpuestas de olvidos y culpas, experiencias milenarias, temores y emociones ancestrales que salen a la luz cuando menos se espera.

  El apego a la tierra donde uno nació -a sus tradiciones, a su lengua, a su folklore...- y la desconfianza hacia el extranjero son dos de esos atavismos que más frecuentemente nos incitan y enardecen. No tienen porqué ser perniciosos y a veces han dado frutos ingenuos y memorables. Sin embargo, su vindicación y aprovechamiento para la lucha política ha convertido esas dos inclinaciones en un monstruo que se pasea de vez en cuando por  la historia contemporánea dejando un rastro de ultrajes,  muerte y destrucción.

  ¿Qué otra cosa es el nacionalismo, esa protesta de los románticos contra el universalismo de la razón, que una mezcla de atavismo y política, de sentimentalismo  y codicia?

  Un monstruo que viene de lo inmemorial y se disfraza de memoria, de historia corrompida, se esconde en algunos rincones muy próximos del planeta.  ¿Se puede, como decían los griegos que hizo Edipo, espantar a ese monstruo con silogismos y argumentos racionales? O por el contrario, una vez que lo hemos despertado, ¿habrá que dejar inevitablemente que haga su ronda  y se sacie de sangre una vez más?

18 / 10 / 2013

  Por estas fechas cumplía años Ramón Gaya y con ese motivo la Fundación que lleva su nombre suele hacerle un homenaje. En alguna ocasión, todavía con Ramón Gaya vivo, tuve la suerte de participar en uno de esos homenajes. Este año lo han celebrado, como otras veces, con cante flamenco y entre amigos.

  Qué grande Ramón Gaya. Y su grandeza, me parece a mí, no reside tanto en lo que dice -siendo tan importantes esas insistencias que dice- cómo desde dónde lo dice. 

  Como pintor nos ha dejado cuadros inolvidables, con mucha pintura hecha cuerpo, hecha carne: esos altares para el homenaje, esas ciudades bajo la lluvia, esos edificios traspasados de la luz más elocuente, esas copas medio llenas o llenas completamente de su silencio y vacío... 

   Como escritor creo que nadie mejor que él encarnó eso que se ha llamado la razón poética y que consiste a mi modo de ver en usar la razón de tal manera que nuestro razonamiento pueda abrirse a lo que llega de más allá de la razón. 

  Ramón Gaya, con sus dibujos y sus óleos, con sus ensayos y sus poemas nos señala un camino que quizás sea el único camino: el de la atención y la paciencia en soledad, el de la exigencia. Y nos enseña que la belleza del mundo (y sé que uso ahora una palabra sobre la que él tenía naturalmente sus prevenciones) no solo nos pide ser contemplada, sino algo más, que la belleza del mundo nos pide una respuesta y que esa respuesta solo puede ser la creación de más belleza.

 

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