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ENTREVISTA PARA REVISTA CLARIN

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JOSÉ MATEOS, A MERCED DE UN MISTERIO. Entrevista por Gabriel Insauti

Pues resulta que sí: existe. Pese a los rumores de las malas lenguas -que si no sale nunca de Jerez, que si ya no publica poesía, que si en realidad es una especie de Mr Kaplan, aquel hitchcockiano hombre ficticio de Con la muerte en los talones- resulta que José Mateos existe. Ni vías escolásticas ni episodios visionarios: para topárselo basta salir a la calle una tarde, con el primer sol de la primavera, en un lugar tan alejado de su ciudad como San Sebastián. Entonces, entre sombrillas y cervezas, es posible incluso arrancarle unas palabras. La primera, en la frente: porque uno se pregunta, antes que nada, si esa reticencia a publicar tiene que ver con el hecho de haberse editado su poesía completa, hace unos pocos años.

 

Bueno, de algún modo publicar tu poesía completa es un poco paralizante. De todas formas, lo que sucede más bien es que el ambiente en el que se encuentra ahora mismo la cultura española no me hace pensar que lo que escribo se vaya a leer con mucho interés, no me parece una atmósfera muy propicia. Por otro lado, la literatura joven que se está imponiendo va por unos derroteros que a mí no me interesan demasiado y tampoco lo que yo hago tiene por qué interesar a los escritores jóvenes ni al lector. Tienen prisa y piden paso y yo no tengo ningún problema en quitarme de en medio. Sigo escribiendo poemas, pero he dejado de sentir la necesidad de publicarlos.

 

En “Palabras en la noche”, el poema que abre Días en claro, se dice: “mientes, y te dispones a expresar con palabras / lo que no encuentra forma y escapa al pensamiento”. Creo que ahí casi hay una definición de la poesía, o de tu modo de entenderla.

 

Lo de la mentira, me parece, es válido para el arte en general: hay que mentir en lo pequeño para decir la verdad grande. La mentira de la poesía reside muchas veces en que la anécdota de la que se parte no se corresponde exactamente con lo que sucedió en la realidad, pero sirve para decir la verdad del espíritu. Lo otro, lo de que “escapa al pensamiento”, tiene que ver con esa especie de acorde, de predisposición especial, que se da a la hora de escribir. Yo siempre digo que si pudiera escribiría con el silencio, que lo que mejor expresaría lo que yo quiero decir es cierto silencio, el que hay por ejemplo antes de un concierto, o en algunos museos, o en algunas iglesias. Ese silencio que está cargado de significado se parece a lo que yo quiero decir con las palabras. Las palabras en realidad me sobran, pero no hay otra manera de escribir poesía salvo con palabras. Supongo que lo que sucede es que eso que quiero expresar nunca se puede alcanzar con las palabras.

 

Me llama la atención que, en tu libro de reflexiones más “filosóficas”, La razón y otras dudas, donde se ve la importancia que ha tenido para ti esa otra disciplina, que no has abandonado desde tus años de estudiante, parece como si la poesía fuera un discurso alternativo, que se desvía del concepto, que intenta llegar donde no puede llegar la filosofía.

 

Bueno, tú sabes que la poesía moderna, en el romanticismo, nace precisamente preguntándose por sí misma. Ahí nace lo moderno, y esa cuestión aflora en esos libros: esa constante pregunta por el oficio de escribir y sobre lo que yo busco. Son, de alguna forma, una estrategia para orientarme y ver por dónde ando. Yo la poesía la concibo como una especie de travesía o de camino espiritual. Hay poetas que más o menos están siempre dando vueltas en torno a un mismo centro. En mi caso creo que más bien se trata de un movimiento descendente. Cada libro es un salto hacia abajo. Una extraña ciudad pertenece a un momento en el que el adolescente que yo era se encuentra con una realidad interior y exterior que no le gusta y de la que no tenía manera de escapar. Días en claro es un intento de conformarme con esa realidad insuficiente hecha de tiempo y humo. Canciones  responde a una experiencia bastante concreta, la de la muerte, y supone el definitivo salto hacia lo más oscuro y misterioso, hacia aquello que nos supera. De La Niebla me gusta pensar que es un libro que contiene a los anteriores y que los hace avanzar un poco más.

 

En La Niebla hay algún pasaje, como el de la abolición del silencio y la civilización del ruido, en el que se entrevé el poso de Dante...

 

Sin duda. Antes de que escribiera La Niebla pasé dos años leyendo la Divina comedia y, aunque no dominaba el italiano en un principio, me empeñé en leerla en el original. Fue una experiencia que dejó huella. Leyéndola me di cuenta de que el ritmo del endecasílabo, en una serie larga de versos, funcionaba como el péndulo de un hipnotizador: sugestiona y puede llevar al lector por territorios a los que no es posible llevarlo en un poema corto. Yo necesitaba eso, de esa sugestión,  para transitar  y llevar al lector desde un cierto Infierno de incertidumbres y miedos, hasta un lugar que todavía no es el Paraíso pero en donde es posible el Paraíso. Uno siempre está buscando algo. Hay como un horizonte que nunca se alcanza: cuanto más te acercas, más parece que se aleja. Los libros en prosa son una especie de hojas de ruta.

 

Uno siente la tentación de preguntar qué discurso es subsidiario de qué otro, aunque probablemente la cosas no funcionan así.

 

Simplemente, a veces quieres decir algo y sientes que no tiene cabida en la poesía. No sé, a mí me costaría mucho expresar o reflexionar sobre mi pensamiento social o político o histórico, en la poesía. Creo que la poesía va por otros derroteros, está siempre diciendo lo mismo: que somos tiempo pero que queremos salir del tiempo, y que estamos siempre a la orilla de ese gran misterio que nos rodea por todas partes. Yo entiendo que para escribir poesía necesito un estado de predisposición especial que no se puede buscar: viene o no viene. Suele ser un estado cercano a la melancolía pero que no es la melancolía: has perdido algo, pero ese algo de algún modo está ahí. Es como un preámbulo de algo inimaginable, indefinido, que no acaba de llegar. Bueno, esto nos llevaría casi a la mística, esa “nostalgia del absoluto” de la que hablaba Steiner. Cuando decidí que escribir, pensar, iba a ser algo central en mi vida, sentí que mi existencia iba a ponerse a merced de un misterio. Yo creo que si hay mucha neurosis entre los poetas es por eso, porque se está en la inminencia de algo que no depende totalmente de uno. En la prosa basta saber qué es lo que tienes que decir y cómo decirlo, pero en poesía no, en poesía hay que aprender a obedecer. Con la prosa un poeta evita la mala conciencia que supone estar  años sin escribir versos. Se pasa fatal, porque es algo importante en tu vida. Quizás para acallar esa mala conciencia escribo esos libros más “filosóficos”, que matan un poco el gusanillo. También es trabajo de preparación para la poesía, de algún modo.

 

Hay otras dos frases de José Mateos, que he leído en distintos lugares y que se refieren a tu ideas de la poesía: “un anacronismo necesario” y “un discurso pequeño”, que parecen apuntar a ese hermanamiento de tono menor, intimismo, espiritualidad...

 

En una sociedad como la nuestra que banaliza lo más profundo, que enaltece la esclavitud de los instintos y donde la mentira se ha institucionalizado de algún modo, la poesía resulta ciertamente un anacronismo. La poesía nace de la intimidad, de ese hombre interior del que hablaba san Agustín, y eso está hoy amenazado. El gran peligro de nuestro tiempo no son tanto esas catástrofes sobre las que nos alertan de cuando en cuando sino más bien esa amenaza contra la intimidad. A cambio de la promesa de expulsar el dolor, la responsabilidad, el abismo de la muerte, etc  se nos pide que asesinemos a ese hombre interior que nos interroga constantemente, que demolamos el último refugio que nos queda. De esa soledad radical es de donde nace la creación poética, la creación artística, y en ese sentido digo que se trata quizá de un anacronismo, pero un anacronismo necesario.

 

Me acuerdo ahora de ese poema tuyo, “A Guillermo, con unas violetas”, en el que se dice que “nacimos demasiado tarde”. No sé si se podría invertir esa melancolía, apostillar como hizo Heidegger con Hölderlin, y pensar que acaso nacimos demasiado pronto, según para qué.

 

Ojalá. Es mejor pensar que se ha nacido demasiado pronto, sin duda, aunque el sentimiento es el mismo. Creo, de todas maneras, que más tarde o más temprano, los pocos faros que aún nos iluminan serán cubiertos por la niebla y que los que nos guiamos por ellos, no tendremos más remedio que volver a las catacumbas, si no lo estamos ya. Y allí permaneceremos a la espera de un tiempo menos peligroso. Y esto no es ser derrotista, sino todo lo contrario: de las catacumbas, de las celdas y los sótanos ha salido siempre lo mejor de nuestra civilización.

 

El momento que atraviesa esa civilización, su temperatura, es quizá una de las preocupaciones más constantes en tus libros. Y ahí la metáfora de la niebla es crucial: aparece en uno de los poemas de Días en claro, en una de las Canciones, en la dedicatoria de Soliloquios y divinanzas, antes de constituir la médula de La niebla. El lector de algunos de estos libros puede advertir cómo se opera en tu pensamiento una especie de inversión: con pensadores como Schopenhauer, o Nietzsche, que en principio levantan una negación capital, sumarísima, sucede al cabo del tiempo que más que poner en crisis la fe pueden poner en crisis a la duda.

 

De algún modo, algo de eso hay en la dedicatoria del libro, en el que aparecen tres “faros en la niebla”, que son José Jiménez Lozano, José Antonio Muñoz Rojas y Ramón Gaya. Yo he escrito que la duda es una de las formas de la fe, y en ese camino hay otras figuras que me han acompañado o me han iluminado un trecho del camino. En algunos casos, como el de estas tres figuras mayores, ha habido trato personal o epistolar. En otros, no, pero han sido faros importantes también. Por supuesto están las grandes figuras del pasado y, más cerca, Simone Weil, Antonio Porchia o Levinas por ejemplo que me han ayudado mucho. También René Girard, el antropólogo francés, aún poco conocido en España, y al que vuelvo constantemente y saco a colación en las tertulias con los amigos. Tengo casi un auténtico foro girardiano, se podría decir. Su pensamiento es, en algunos aspectos, muy esperanzador: nos indica un camino importante para salir de esta niebla. Hay otras figuras, aunque ahora estamos un poco huérfanos. Pero en qué época no ha sido así. Steiner también me interesa, es una de las figuras de importancia para mí. Después hay algunos pensadores franceses, que están publicando ahora mismo, que proponen cosas muy válidas: Chétrien, Jean Luc Marion…

 

No sé quien dijo que el poeta oscila entre el monje y el agente publicitario. Me parece que en el caso de José Mateos no hay duda de cuál es el polo al que te acercas más.

 

Yo me pregono muy mal. De hecho, a veces consigo antes de una lectura de poemas que dos o tres personas no vayan. Que me estés haciendo esta entrevista, por ejemplo, me resulta sorprendente. Qué quieres que te diga, cara al público no sé cómo evitar esa sensación de impostura, de que algo se está desvirtuando. Y cuando escribo, eso no me ocurre.

A mí me parece que escribir poesía es una tarea de una gran responsabilidad y que la vanidad es una tontería al alcance de cualquiera y que nunca está uno suficientemente vacunado contra ella. En realidad, nada de lo que escribimos nos pertenece. Es como si hubiéramos recibido a través de los siglos una antorcha encendida y ahora estuviera en nuestras manos. Sólo eso. No se trata únicamente de un idioma y de una tradición, sino también de algo más. Se trata de un saber que nos han legado los poetas, los filósofos, los que han venido antes que nosotros, y que han dejado en nuestras manos para que podamos emprender una aventura de mejoramiento personal que a veces puede servir también a los demás. La poesía es un oficio, en el mejor sentido de la palabra, muy delicado. Cuando el poeta se pone en el escaparate, la poesía sale pitando.

 

Ha mencionado la palabra “oficio”. Las palabras que yo asociaría con tus versos serían “naturalidad”, “discreción”, “transparencia”. Parece como si tu opción fuese claramente que  la forma no llame la atención sobre sí misma. Pero, claro, para llegar ahí hace falta haber trabajado mucho con el cincel.

 

Sí, hay que dejar muchas cosas en la papelera. Cosas de las que no se tiene que enterar nadie: para llegar a que no se note la forma hay que trabajar mucho. A mí una de las cosas que más me repugnan no sólo en la poesía sino en todo arte, es el virtuosismo, probablemente porque yo podría ser un virtuoso si me lo propusiera: tengo esa facilidad técnica. Pero me parece muy deshonesto: la poesía es algo tan hondo, tan sagrado, que focalizar la atención sobre la forma supone de algún modo desvirtuar lo importante en el arte. La forma es simplemente un vehículo para todo lo que hablábamos antes: el misterio, el silencio, que es realmente lo importante. Hay una tradición en la que eso se pierde de vista y el medio es lo que importa. Pienso en Góngora, en Valle Inclán, en muchos del 27, donde la palabra acaba comiéndose a lo que está más allá de las palabras. Y si uno escribe poesía es porque intenta alcanzar con las palabras eso que está más allá de las palabras. ¿Escribir poesía para quedarte en la cáscara de las palabras? No le veo el sentido.

 

Tampoco la “originalidad”, un concepto que hay que redefinir constantemente, se percibe como una preocupación tuya. Más bien la autenticidad personal. Quiero decir que al leerte no se respira ninguna voluntad de romper nada, de destruir nada. Más bien se atisban algunos ecos, y un aprovechamiento natural de la tradición, o de cierta tradición.

 

La idea de confrontar originalidad  y tradición me parece completamente absurda. Es como si alguien me propusiera jugar al fútbol sin balón. El instrumento que el poeta maneja, la lengua, está cargado de tradición y la tradición no es otra cosa que una manera, la única manera, de permanecer en lo original. Uno escribe poesía porque antes ha habido otros que la han escrito. El poeta que no se inserta en una tradición sencillamente no puede existir. Está claro que hay que evitar lo consabido y previsible, que es la hojarasca de la tradición, pero de ahí a querer inventar un lenguaje nuevo cada día… Detrás de eso sólo puede haber una gran vanidad. Lo queramos o no, en poesía, el eco siempre es densidad de emoción y de pensamiento. Y cuando digo eco, quiero decir la resonancia de otras voces, que es diferente de la pura repetición.

Otra cuestión es a qué tradición se adhiere uno, y a mí dentro de la poesía española hay poetas que me interesan mucho y otros que a lo mejor son muy conocidos y a mí no me gustan nada. Uno de lo poetas que más admiro, por ejemplo, es Juan Ramón Jiménez.  Y sin embargo, de algún modo, buena parte de lo que escribí en La niebla es una respuesta a ese Dios deseado y deseante, a ese paganismo estético que tanto me molesta en Juan Ramón. Algo que nos enseña el trato con la poesía es a ponernos en lugar del otro. Y en Juan Ramón ese aprendizaje casi no se da.

Con todo esto quiero decir que dialogar y hasta discutir con nuestra tradición es la única manera de seguirla sin ser aplastado por ella.

 

Bueno, ya que has sacado la cuestión metafísica, voy a recordar el arranque de La razón y otras dudas, en el que expulsas de la clase tanto al dogmatismo como al relativismo. En un país como España, eso equivale prácticamente a quedarse solo.

 

Tal vez, pero esa soledad se agradece muchísimo. Yo vivo en Jerez, una ciudad bastante tranquila e indiferente a las manifestaciones literarias, lo que es ideal para lo que yo hago. Es como el mal tiempo para un estudiante, que casi te obliga a estudiar. Es cierto que últimamente esto ha cambiado algo y que cada vez hay más ruidos y más reclamos y que el mal gusto se extiende. Encontrar un bar donde puedas hablar con los amigos se ha convertido en tarea imposible, por ejemplo.

 

En La niebla hay un verso en el que dices “un Dios que se concibe ya no es Dios” y me pregunto si en ese agnosticismo positivo, en tensión, en la búsqueda de lo que pueda haber más allá de la niebla, no debe algo a figuras como Renan, o Pascal, o Unamuno, que habrían suscrito ese verso.

 

Sí, Pascal me atrae, y qué duda hay que se trata de figuras centrales en cierta tradición occidental. En realidad, el verso remite más directamente a Lutero: en cada una de las partes del libro hay una cita más o menos escondida, y la de esa parte “teológica” es del gran reformador. No es que yo me sienta protestante, pero con cierto Lutero sí tengo algunas afinidades. Todo el concepto de la Gracia y el problema del libre albedrío tal y como lo plantea, me parece algo muy difícil de aceptar. Pero sí tiene cosas que me parece que la Iglesia debería haber recogido, y tal vez lo hubiera hecho si Lutero no las hubiese planteado de una manera tan guerrillera. Optó por romper la baraja. Erasmo fue mucho más listo en eso.

 

(Revista Clarín, nº 87)

 

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